martes, 31 de enero de 2023

Campanas

Suenan las campanas por todos.

Suenan como un eco de sí mismas y doblan hasta por el que no las escucha. 

Suenan con su lento mecer de olvido y nos susurran su recuerdo ignorado. 

Son el sonido eterno y etéreo que no cesa. 

domingo, 11 de diciembre de 2022

Animales de compañía

De pequeña, en las noches de verano, mi madre, mi abuelo y yo salíamos al jardín linterna en mano para recoger caracoles como tres exploradores de una selva doméstica. Andábamos de puntillas por el césped con el miedo de escuchar el 'crack' de un inocente. Si es que se me comen las plantas pero no puedo verlos sufrir, decía mi madre. Luego dejábamos a las víctimas babosas toda la noche en la cocina dentro de una cazuela, para sorpresa de mi abuela que acostumbraba comérselos. La tapábamos con un colador de pasta para que no escapasen de su celda temporal, y a la mañana siguiente los dejábamos en el campo más cercano. Yo me despedía tocándoles los cuernos, que desaparecían en su cuerpo blando para reaparecer al segundo siguiente.

Así empezó todo. Después mi madre adoptó una gata preñada que rondaba el jardín. Las crías se perdían por todos los rincones de la casa ¡Cuidado no los pises! Era la expresión habitual, así que mi padre se quedaba como una estatua en el sofá cara a la tele para no estorbar.

También instaló unas jaulas en el salón donde acogía pájaros extraviados que con sus cuidados crecían sanos y fuertes. Yo no entendía cómo podían convivir gatos con pájaros, pero mi madre decía que si todos estaban alimentados y satisfechos, todos se llevaban bien. Sólo una vez vi a una gata dar un brinco sobre una jaula porque llegaba con mucho hambre. Mi madre, en uno de esos pocos arranques de vehemencia que a veces tenía, me dijo que los animales, a diferencia de las personas, no hacían daño con mala intención.

Cuando alguna de sus mascotas moría, mi abuelo le cavaba un hoyo en el jardín. Entonces se repetía la misma escena digna de una obra de teatro perfectamente ensayada: a mi madre se la escuchaba sollozar todo el día, mi abuela replicaba un por mí no llorarías tanto, y mi padre un aquí lo importante son los animales no las personas.

Animal que entraba, animal que se quedaba en aquel extraño paraíso de mi madre. Los amigos y familiares venían, se divertían y no preguntaban, como el que disfruta con una rareza que no le atañe. Mi madre se afanaba por limpiar la casa, y por sobrealimentar a los invitados, tal como hacía con sus mascotas. Parecía encantada de tener visitas, pero siempre que se iban me decía que cuanto más conocía a las personas más le gustaban los animales.

Poco a poco la casa se fue desocupando, mis abuelos murieron y yo me fui. Se quedaron ella y mi padre, que pocas veces abandonaba sofá y televisor. Yo no quise tener mascota, no quise desarrollar esa sensibilidad de mi madre por si me hacía más mal que bien. Sólo mis hijos disfrutaban con la situación y sus ocurrencias, cada vez más chocantes. 

En las habitaciones desocupadas acogió nuevos animales: una vez rescató unos erizos huérfanos muy pequeños que crecieron dóciles y cariñosos; otra vez, un conejo herido al que salvó la vida y que se adaptó a las comodidades rápidamente, y hasta en una ocasión, cuidó una mantis religiosa que liberó al poco tiempo porque le daba miedo como la miraba. Los gatos paseaban a sus anchas por la casa y dormían con ella. Los pájaros seguían presidiendo el salón y armaban un revuelo de sonidos ensordecedor. A ninguno le faltaba de nada, aunque cada vez estaba todo más desastrado y sucio.

Cuando mi padre murió, mi madre acogió a un sapo y le hizo un acuario. Me daba un poco de aprensión por lo feo que es pero le he cogido cariño, me dijo la última vez que nos vimos. Con todo lo que yo he sido y mira ahora, como si la casa se cae a trozos. Sólo me pidió que me llevase a sus dos gatas favoritas y al sapo. Yo acepté a regañadientes. Luego abrí todas las puertas y jaulas de la casa, y lo dejé así por unos días. Cuando volví ya no había nada.


sábado, 15 de octubre de 2022

Roberta

Sé que mi tía Roberta está conmigo. Cuando huele a humo de pipa. Cuando huele a muerto. Cuando apago las luces de noche y me envuelve la negrura. Un carácter así se impregna en las paredes.
 
Quítale esas ideas a tu tía, cariño, le decía mi padre a mi madre cuando Roberta aún vivía. Sentada siempre en el sillón, recortada su silueta en la ventana; fuma de su pipa, lee el periódico y se arrima la estufa a las faldas. Aquí tenéis que publicar mi esquela, hija, con letra grande mi nombre, como ésta. Que se vea la primera.
 
Ella se ríe con la boca abierta, la piel encogida como la de un acordeón. Unos pelos blancos salen de su calavera. Esta es la piedra que quiero para mi lápida. Esto otro ni se te ocurra, que parece un banco de cocina. Vale, tía Roberta. Y esta foto. No me pongas vieja que me meto en tus sueños después de muerta. Vale, tía Roberta. Ya hablo yo con la funeraria. He quedado con ellos esta tarde ¿Qué dices, tía Roberta?
 
Mi tía dice que hay que arreglarse para las citas, y que la suya es más formal porque se va sin dejar nada. Quiere ver como la llevan a enterrar. Sube al coche, metida en su ataúd y recorre el camino que separa su casa del cementerio. Fuma de su pipa. Mira el cielo. Ahí me voy, me dice, pero no directa. No he cometido pecados de hecho pero sí de pensamiento, hija. Reza por mí, a ver si llego al paraíso.
 
La señora está senil, decía mi padre, pero yo no le creo. Roberta dice que la muerte ya la visita. Se sienta y mira el sillón de enfrente con sus ojos resecos. Entre el humo de la pipa, me dice, entre el humo se me aparece la parca. Mira, niña, mira. Tienes que ser paciente para verla. Me sube sobre sus rodillas con sus manos de trapo. Entonces la oscuridad dibuja lo que la luz esconde. Es negra, niña, es negra, y sólo en lo negro se aparece. Es negra, niña, y sólo a los muertos viene a ver. Pero tú no estás muerta. Le digo, y Roberta se ríe como un cráneo viviente.
 
Mi marido no lo entiende, pero yo sé que mi tía está conmigo. A veces tengo miedo. Ese miedo hacia aquello que no quieres creer, por si creerlo te hace perder la cabeza. La busco, como ella buscaba a la parca, en la negrura. En el sillón, cuando todos duermen ¿Qué haces, cariño? Pregunta mi marido. Huele a pipa. Huele a muerto. Yo miro hacia el sillón vacío, paciente, a ver si el humo se mueve, a ver si aparece su silueta.

martes, 23 de agosto de 2022

Personaje

El escritor está creando un personaje que se parece un poco a un amigo, otro poco a su madre, incluso a sí mismo.

Según toma forma su personalidad, se debate entre varios nombres, como si se tratase de un hijo que va a nacer.

No sin algo de tristeza, imagina todas las desventuras que le va a hacer pasar.

Quizás lo ha creado porque ni puede conocer a todas las personas que quisiera, ni las conoce en la profundidad que le gustaría.

Quizás cuando esté terminado, le ayude a resolver el rompecabezas de aquellos a los que conoce sin conocer; sus contradicciones, sus miedos, sus ilusiones,...


domingo, 29 de mayo de 2022

El mantel

Hoy he puesto el mantel nuevo. Hace años que usamos un mantel de cuadros color beige y blanco. Se rompió hace poco por el centro, el sitio por donde se dobla y se ponen las ollas de comida caliente. Se resquebrajó, así que compré uno nuevo, el más parecido que encontré: esta vez, color rosa claro y blanco. Aún me estoy acostumbrando.

El rosa combina mejor con la decoración y a Olivia le encanta. Eso me dice cuando coloca el jarrón que pintó el verano pasado encima de la mesa ¡Mira mamá! Combina con el mantel. Me dice como si fuera una señora mayor.

A Olivia le gusta jugar en el jardín hasta que cae la noche. Yo le digo que no se acerque a los gatos que pasan a nuestra parcela. Vale mamá, no les hago caso, me dice siempre un poco triste.

Un buen día, me di cuenta de que una gata rondaba nuestra casa. Poco tiempo después nos trajo cuatro cachorros. A mí no me hizo ninguna gracia y a Olivia le encantó. Después de muchos lloros, regalé a tres de los cuatro, y el cuarto se quedó con nosotros. Ahora somos dos más.

Mi marido tiene la costumbre de hacer la cena, así que cuando empieza a oler a comida se oye su voz desde la cocina: ¡A poner la mesa, chicas! Es el momento para Olivia de quitar su jarrón rosa de encima del mantel y ayudarme a poner los cubiertos.

Cuando se hace de noche y todos se han acostado, me gusta tumbarme en el sofá con la luz apagada, antes de irme a dormir. La gata siempre me acompaña. Se sienta encima del mantel y me mira. Sólo la dejo cuando estamos solas. Parece un jarrón. Me mira y mira hacia el jardín fijamente, como si viera mundos que están fuera de mi alcance.

jueves, 31 de marzo de 2022

Eusebio

La gente de aquí no tiene sueños, porque los sueños se les enredan en los matojos y se evaporan con el aire reseco. Por eso vine, para recordar mis raíces, si es que un viejo puede acordarse de tanto, y para olvidarme de anhelos y fantasías. 

La Paca deja el plato sobre mi mesa con desprecio de tabernera vieja. Le he pedido pescado y me ha traído carne. Aquí poco importan esos detalles ¿Qué esperaba? Si los ríos hace tiempo que se alejaron de este lugar. Se secaron, desorientados e incapaces de recordar su camino hasta el mar. Esta vez le tengo que decir algo a la Paca, que poco a poco se me está subiendo a la chepa. Me llama el señorito de la ciudad. Eusebio, el hijo de la Merceditas, que se ha acordado de su pueblo ya para la vejez ¿Qué sabrá de las pillerías que yo ya hacía cuando ella ni había nacido? 

A la Paca le digo que no me ha puesto lo que he pedido. No tenemos otra cosa, contesta, y se da media vuelta. La Paca me recuerda a mi madre, que decía que después de pasar por cuatro partos y criarse a cuatro bestias, a ella nadie le daba órdenes. Mi madre, que de terca que era, se murió sola mientras sus bestias trabajaban en la ciudad. Para enterrarla sí que vinimos, y bajo su cuerpo arrugado y deforme, parecía esconder secretos que no nos dijo. Aquí se quedó, de donde nunca había salido, bajo la tierra estéril. 

Aquí la gente no sonríe, sino que te mira con cansancio o enfado. La Paca me mira con cansancio cuando le digo que se lleve mi plato. Mi mujer también me miraba así, hasta que me dijo que con mi amargura no podía vivir. Por eso me vine al pueblo, para vivir ya sin fantasías y anhelos, que te alimentan las esperanzas y luego te dejan con hambre. Cuando le digo que no se lo pago, me mira con enfado. Se cruza de brazos y resopla, como buen toro de lidia que es. Me dice que se lo tengo que pagar. Yo le digo que ni hablar. Algunos parroquianos dejan sus puros, alcoholes y cartas para ver la contienda. Entonces del almacén sale Severino, su marido ¿Qué pasa aquí? Dice. Deja al Eusebio, Paca. De tu cuenta sale, le dice la Paca y se va. Severino me pone un licor. Parece mirarme con pena, que rápido se vuelve cansancio; se gira y se va por donde ha venido también. 

Aquí la rutina no se disfraza con nada. Por eso el tiempo es tan denso. Solo lo diluye el alcohol. Yo le dejo el dinero en la barra, más de lo que es. Luego me bebo el licor. Me vuelvo a casa cuesta arriba, con una falsa sensación de calor, casi alegría, y con las piernas temblorosas. Para eso me vine aquí, para olvidarme.

sábado, 26 de febrero de 2022

La novia durmiente

Amanda creyó estar presa de un hechizo cuando se dio cuenta de que su novio Emilio le hacía caer en un sopor inevitable. 

Fue la noche de la pedida de matrimonio. Emilio invitó a Amanda a un restaurante de precio moderado; estrategia que usaba cuando su novia daba señales de desinterés. 

Aquella noche Emilio fue un paso más allá. ‘Amanda, creo que deberíamos casarnos’, le dijo, y le entregó un anillo. A Amanda se le pasó toda su vida por delante: su primer amor, apasionado y tormentoso, que la llevó hasta casi perder la cabeza; el siguiente, un romance tierno que la distancia separó. Luego vino Emilio, que alivió ese instinto que la empujaba a la seguridad; un instinto que se había acentuado con la edad. 'De acuerdo', contestó. ‘Puedo aprovechar las rebajas para comprar el traje’, fue el siguiente comentario de Emilio. Aquella misma noche comenzaron los episodios de sueño. 

Emilio culpó al vino de tener que sacar casi a rastras a su prometida del restaurante. Luego la escuchó encadenar un bostezo con otro durante el viaje de vuelta a casa, hasta que la tiró como un saco en la cama al llegar '¿Te encuentras bien, cariño?' Solo obtuvo ronquidos como respuesta. 'Debió ser la emoción', se dijo, pero aquello fue poco a poco a peor. 

Desde entonces, cuando hablaban, la voz de Emilio, honda y nasal, le llegaba a Amanda como lejana. Su mirada monótona la hipnotizaba hasta el amodorramiento. Se le caían los párpados, a veces hasta la cabeza, golpeando estrepitosamente la mesa.  

Los médicos no vieron nada en analíticas y demás exploraciones. Los curanderos recomendaron hierbas y ejercicios que no dieron resultado. Amanda tomaba más café que nunca, pero sus siestas eran cada vez más largas, hasta el punto de que apenas pasaban tiempo juntos en el que se mantuviese despierta. 

Una noche Emilio, en un empeño por ignorar aquel inconveniente, arrebatado de una pasión insólita en él, trató de intimar con su prometida. Ésta terminó cayendo en un coma profundo. 

Cuando encontraron a Amanda en aquel estado, algunos se preguntaron si podría despertarla un beso de amor, pero su prometido había huido para evitarse mayores contratiempos.