domingo, 29 de mayo de 2022

El mantel

Hoy he puesto el mantel nuevo. Hace años que usamos un mantel de cuadros color beige y blanco. Se rompió hace poco por el centro, el sitio por donde se dobla y se ponen las ollas de comida caliente. Se resquebrajó, así que compré uno nuevo, el más parecido que encontré: esta vez, color rosa claro y blanco. Aún me estoy acostumbrando.

El rosa combina mejor con la decoración y a Olivia le encanta. Eso me dice cuando coloca el jarrón que pintó el verano pasado encima de la mesa ¡Mira mamá! Combina con el mantel. Me dice como si fuera una señora mayor.

A Olivia le gusta jugar en el jardín hasta que cae la noche. Yo le digo que no se acerque a los gatos que pasan a nuestra parcela. Vale mamá, no les hago caso, me dice siempre un poco triste.

Un buen día, me di cuenta de que una gata rondaba nuestra casa. Poco tiempo después nos trajo cuatro cachorros. A mí no me hizo ninguna gracia y a Olivia le encantó. Después de muchos lloros, regalé a tres de los cuatro, y el cuarto se quedó con nosotros. Ahora somos dos más.

Mi marido tiene la costumbre de hacer la cena, así que cuando empieza a oler a comida se oye su voz desde la cocina: ¡A poner la mesa, chicas! Es el momento para Olivia de quitar su jarrón rosa de encima del mantel y ayudarme a poner los cubiertos.

Cuando se hace de noche y todos se han acostado, me gusta tumbarme en el sofá con la luz apagada, antes de irme a dormir. La gata siempre me acompaña. Se sienta encima del mantel y me mira. Sólo la dejo cuando estamos solas. Parece un jarrón. Me mira y mira hacia el jardín fijamente, como si viera mundos que están fuera de mi alcance.

jueves, 31 de marzo de 2022

Eusebio

La gente de aquí no tiene sueños, porque los sueños se les enredan en los matojos y se evaporan con el aire reseco. Por eso vine, para recordar mis raíces, si es que un viejo puede acordarse de tanto, y para olvidarme de anhelos y fantasías. 

La Paca deja el plato sobre mi mesa con desprecio de tabernera vieja. Le he pedido pescado y me ha traído carne. Aquí poco importan esos detalles ¿Qué esperaba? Si los ríos hace tiempo que se alejaron de este lugar. Se secaron, desorientados e incapaces de recordar su camino hasta el mar. Esta vez le tengo que decir algo a la Paca, que poco a poco se me está subiendo a la chepa. Me llama el señorito de la ciudad. Eusebio, el hijo de la Merceditas, que se ha acordado de su pueblo ya para la vejez ¿Qué sabrá de las pillerías que yo ya hacía cuando ella ni había nacido? 

A la Paca le digo que no me ha puesto lo que he pedido. No tenemos otra cosa, contesta, y se da media vuelta. La Paca me recuerda a mi madre, que decía que después de pasar por cuatro partos y criarse a cuatro bestias, a ella nadie le daba órdenes. Mi madre, que de terca que era, se murió sola mientras sus bestias trabajaban en la ciudad. Para enterrarla sí que vinimos, y bajo su cuerpo arrugado y deforme, parecía esconder secretos que no nos dijo. Aquí se quedó, de donde nunca había salido, bajo la tierra estéril. 

Aquí la gente no sonríe, sino que te mira con cansancio o enfado. La Paca me mira con cansancio cuando le digo que se lleve mi plato. Mi mujer también me miraba así, hasta que me dijo que con mi amargura no podía vivir. Por eso me vine al pueblo, para vivir ya sin fantasías y anhelos, que te alimentan las esperanzas y luego te dejan con hambre. Cuando le digo que no se lo pago, me mira con enfado. Se cruza de brazos y resopla, como buen toro de lidia que es. Me dice que se lo tengo que pagar. Yo le digo que ni hablar. Algunos parroquianos dejan sus puros, alcoholes y cartas para ver la contienda. Entonces del almacén sale Severino, su marido ¿Qué pasa aquí? Dice. Deja al Eusebio, Paca. De tu cuenta sale, le dice la Paca y se va. Severino me pone un licor. Parece mirarme con pena, que rápido se vuelve cansancio; se gira y se va por donde ha venido también. 

Aquí la rutina no se disfraza con nada. Por eso el tiempo es tan denso. Solo lo diluye el alcohol. Yo le dejo el dinero en la barra, más de lo que es. Luego me bebo el licor. Me vuelvo a casa cuesta arriba, con una falsa sensación de calor, casi alegría, y con las piernas temblorosas. Para eso me vine aquí, para olvidarme.

sábado, 26 de febrero de 2022

La novia durmiente

Amanda creyó estar presa de un hechizo cuando se dio cuenta de que su novio Emilio le hacía caer en un sopor inevitable. 

Fue la noche de la pedida de matrimonio. Emilio invitó a Amanda a un restaurante de precio moderado; estrategia que usaba cuando su novia daba señales de desinterés. 

Aquella noche Emilio fue un paso más allá. ‘Amanda, creo que deberíamos casarnos’, le dijo, y le entregó un anillo. A Amanda se le pasó toda su vida por delante: su primer amor, apasionado y tormentoso, que la llevó hasta casi perder la cabeza; el siguiente, un romance tierno que la distancia separó. Luego vino Emilio, que alivió ese instinto que la empujaba a la seguridad; un instinto que se había acentuado con la edad. 'De acuerdo', contestó. ‘Puedo aprovechar las rebajas para comprar el traje’, fue el siguiente comentario de Emilio. Aquella misma noche comenzaron los episodios de sueño. 

Emilio culpó al vino de tener que sacar casi a rastras a su prometida del restaurante. Luego la escuchó encadenar un bostezo con otro durante el viaje de vuelta a casa, hasta que la tiró como un saco en la cama al llegar '¿Te encuentras bien, cariño?' Solo obtuvo ronquidos como respuesta. 'Debió ser la emoción', se dijo, pero aquello fue poco a poco a peor. 

Desde entonces, cuando hablaban, la voz de Emilio, honda y nasal, le llegaba a Amanda como lejana. Su mirada monótona la hipnotizaba hasta el amodorramiento. Se le caían los párpados, a veces hasta la cabeza, golpeando estrepitosamente la mesa.  

Los médicos no vieron nada en analíticas y demás exploraciones. Los curanderos recomendaron hierbas y ejercicios que no dieron resultado. Amanda tomaba más café que nunca, pero sus siestas eran cada vez más largas, hasta el punto de que apenas pasaban tiempo juntos en el que se mantuviese despierta. 

Una noche Emilio, en un empeño por ignorar aquel inconveniente, arrebatado de una pasión insólita en él, trató de intimar con su prometida. Ésta terminó cayendo en un coma profundo. 

Cuando encontraron a Amanda en aquel estado, algunos se preguntaron si podría despertarla un beso de amor, pero su prometido había huido para evitarse mayores contratiempos.  

sábado, 8 de enero de 2022

Qué guapa estás

La joven se pasea de un lado a otro, del espejo a la ventana, de la ventana al espejo. Escote amplio, labios rojos y vino tinto es una combinación que nunca falla. Cabello rubio teñido que esconde mejor las canas. Siempre le han dicho que es una mujer intensa y así lo lleva por bandera, aunque la ansiedad se le encalle en la garganta. Ciudad nueva, casa nueva, mujer nueva, se dijo al llegar allí. Siente que tiene alas, al tiempo que pies de plomo, que de vez en cuando la hunden hasta lo más hondo. Retoque de pestañas, ventana y cigarrillo hasta que viene el joven al que espera. Qué guapa estás, le dice siempre como saludo.


El joven va todos los viernes por la tarde a la misma hora. Si no puede se pone de mal humor. Se pasea contento por la estancia con la ilusión de la novedad. Los romances que comienzan siempre son dulces. Se recuesta en la cama mientras ella se quita todo lo que le ha costado tanto tiempo poner en su sitio. Mi amor, mi amor, repite ella; qué guapa estás, qué guapa estás, repite él.


Cuando termina, el joven recoge deprisa. Ella no le comenta que le gustaría ir al cine, al teatro o que la invitaran a cenar, le basta con ver su cara de satisfacción. Aquel día, la joven nota algo diferente: una sombra en el dedo anular ¿Estás casado? No hay respuesta. La chica se queda pálida. Vengo el viernes que viene, se despide, hoy estás muy guapa.


Las que tienen alguna tara son las mejores en la cama, tú ya me entiendes, le había comentado un amigo. Aquella aventura le había devuelto el interés a su vida anodina. Hasta la relación con su mujer era mejor. Al llegar a casa y verla, la saluda, qué guapa estás, y es verdad, su melena rubia recién cortada, y además se ha pintado los labios rojos. Podría estar con quien quisiera. Cuando la imagina con otro le invade la congoja ¿Cómo ha ido la conferencia? Pregunta la mujer ¿Dónde has estado que vas tan guapa? Responde el marido.

martes, 14 de diciembre de 2021

Herencia familiar

Es lo que pasa cuando eres el pequeño de la familia: todos se mueren antes que tú. La obsesión por guardarlo todo y la inconstancia vienen juntas entre los tuyos. La casa familiar, ahora de tu propiedad, se ve abarrotada por cachivaches antiguos, ropa de todos los tiempos y fotos desordenadas.


Te mudas allí cual explorador en tierras exóticas: quién sabe lo que puede aparecer entre unas sayas y unos tapetes. Te pones a organizar las fotos por orden cronológico, así que dejas de salir de casa ¿Para qué? Con la faena que tienes. Cincuenta años de dejadez son muchos, y necesitas reconducir a la familia. Decides usar el sombrero y bastón viejos de tu abuelo. Él siempre te dijo que había que ser un caballero, así que comienzas a saludar a los vecinos con una reverencia. Además, para no desentonar, te pones a afeitarte con navaja. Ya que estás, empiezas a usar la plancha de hierro que usaba tu abuela y a lavar la ropa a mano. Una noche, encuentras los trajes y pinturas de fiesta de tu madre, y en un arrebato de flexibilidad de género, te los pruebas. La vecina de enfrente te ve y te mira con mala cara. Desde entonces, cierras las persianas y te sumerges en tu vocación de arqueólogo doméstico. Un día, se va la luz y te decides a darle uso a los candelabros; otro día, encuentras la máquina antigua de coser y remiendas una bufanda para el frío; otro, aparece la vieja máquina de escribir y la pruebas con todos los nombres de los que ya no están.


Una noche, te miras al espejo, con el candelabro en la mano, vestido con la bata de tu madre y una bufanda a retales, y por ese carácter mudable característico de la familia, decides dejarte de tonterías y hacer tu vida.

viernes, 22 de octubre de 2021

La voz de las flores

Mi madre libró toda su vida una lucha de no resistencia, y ahora que ya era mayor pasaba las tardes en la galería de aquel viejo apartamento, hablándole a las flores y escuchando lo que contestaban. A veces tomaba apuntes. Las obsesiones se acrecientan rápidamente con la soledad.

No siempre fuimos sólo ella y yo, dos mujeres envejeciendo, atónitas ante el rápido paso del tiempo. De niña descubrí el talento de mi madre. Vivíamos todos en una casa en el campo. Así me acostumbré al silencio y a la vida simple. Una tarde, la vi delante de unas margaritas sentada sin moverse durante horas. Acércate a ver si escuchas lo que dicen las flores, me dijo. Me acerqué y escuché el murmullo de unas voces sin forma. Las margaritas temblaban sobre sus tallos aproximándose a mi madre. Ella asentía sonriente. Desde entonces pasábamos así los días, mientras mis hermanos iban y venían; primero en bici, luego en moto, más tarde en coche.

-¿Y qué te dicen las flores, mamá?

-No se puede explicar, cariño. Es otro lenguaje. Cuando las escucho, siempre sé lo que va a pasar como si ya hubiera sucedido. -Mi madre me miraba con ojos infantiles de satisfacción y me decía algo así como: recoge la ropa del tendedero que se avecinan lluvias, y yo obedecía ¡Chicas, entrad en casa! Gritaba mi padre desde el sofá cuando se hacía de noche. Tu madre siempre sabe lo que va a pasar, ¿verdad, hija? La hubieran quemado en la hoguera de ser otros tiempos, me decía dándome una palmada en la cara.

Mi padre murió y tuvimos que vender la casa. Con los apuros económicos, le propuse a mi madre poner una floristería. Ella plantaba y cuidaba las flores, y yo las vendía. El problema vino con las largas despedidas cada vez que se hacía una compra. Los clientes esperaban impacientes mientras mi madre charlaba con las flores entre sollozos mal disimulados. Éstas se marchitaban en el último momento para disgusto de los compradores. Era un negocio sin futuro. Finalmente, cerramos la tienda por el bien de mi madre, nos mudamos al viejo apartamento de mis abuelos y alquilamos las habitaciones.

Todo se desmoronó para ella cuando nació su primer nieto, pero no le dejaron verlo. La muerte le llegó poco después y fue tan pacífica como su vida, tal y como cabría esperar. La encontré en la galería, engarrotada en la silla como las raíces de un árbol viejo, rodeada por sus flores. Algunas dobladas de tristeza sobre sus tallos, mostraban gotas que parecían lágrimas. Las más cercanas se enredaban en su cabello y manos, y las más lejanas estiraban sus pétalos para así alcanzarla.