martes, 19 de marzo de 2024

Fotografías

Vicente apretó el disparador de la cámara y pilló in fraganti a sus dos hijas; desayunando en pijama y despeinadas. Acto seguido comenzaron las quejas, siempre igual papá ¿por qué nos sacas así?, y las risas de su padre. Estas sois vosotras de verdad, dijo cuando reveló la fotografía, le puso un marco y la colocó sobre el aparador del salón. Vicente, cariño, las nenas no salen bien, salió en defensa la madre; pero no había nada que hacer. La foto se quedaba allí.

Las hijas sólo querían exhibir las fotografías en las que aparecían radiantes, vestidas para alguna ocasión especial. Esas que sacaban a la luz sus mejores atributos; posadas, sonrientes e incluso con un vestido nuevo. Así que guardaban la foto de su padre en el cajón cuando los novios llegaban a casa, y Vicente se tragaba su disgusto a regañadientes, para luego sacarla y devolverla a su lugar.

Nadie entendía el por qué de aquella costumbre, pero Vicente estaba satisfecho con las muecas, las melenas enredadas y la ropa vieja de sus hijas. El resto del tiempo, las miraba con seriedad detrás de sus gafas, con un semblante recto y un gesto más recto aún, congelado en el pasar de los años.

Quizá era su manera de mantener a sus hijas como las niñas que ya no eran, o a lo mejor era el único humor que conocía, o incluso, podía ser un intento de romper esa distancia con ellas. Aunque a lo mejor lo hacía por él, en un esfuerzo por sacar algo singular de una vida cortada por el patrón que ya cosieron sus padres, y los padres de sus padres. Su pequeño acto de subversión.

miércoles, 31 de enero de 2024

Cuerpos

Igual que se cambiaba de vestido, un día abrió el armario y se cambió de cuerpo. Colgó el suyo en el perchero y se puso uno de los que tenía guardados, como abrigos de piel con cabeza y pies. No aguantaba más. Había pasado los últimos meses mirándose al espejo, esos espejos malditos que tenía en casa y que no le permitían olvidarse de sí misma. Una mancha, una verruga, otra cana, otra arruga; así se revelaba ese cuerpo que tenía pegado a ella. Se imaginaba cómo sus facciones se deshacían poco a poco hasta no reconocerse, y esa imagen la aterrorizaba día y noche. Quería vivir con la ligereza de esos años en los que la muerte no existe.

A veces usaba el cuerpo de Spencer, un joven explorador que viajaba a lugares recónditos, surcaba océanos y cazaba búfalos. Las jóvenes le adoraban. Otras veces era Margarita, una niña de sonrisa tierna y llena de hoyuelos que acudía a casa de las viejas para que le invitaran a dulces y té. También estaba la joven seductora Rebeca, un cuerpo que se ponía con recelo, ya que envidiaba su singular belleza; o sino el gato Tadeo, para las ocasiones en las que deseaba dormir, acicalarse y cotillear por la ventana al vecindario.

Así pasaban los años, de un lado para otro, de un cuerpo a otro. Le hacían sentir renovada, diferente, pero pese a todo, algo la mantenía inquieta en esa vida leve y voluble. Tuvo una vez un prometido, estando en el cuerpo de Rebeca, al que finalmente rechazó. No pudo soportar la duda de si la amaba a ella, o a esos labios carnosos y ojos azules. Siendo Spencer había enamorado a innumerables jóvenes, que le perseguían hasta el acoso, pero se sentía un farsante cuando recibía sus miradas fogosas. Tampoco sabía si los vecinos le tenían cariño a ella o a los hoyuelos de Margarita, o si la señora del primero le ponía de comer solo por su gracia al ronronear.

A veces dormía con su alma desnuda, y eran esas noches las de mayor desasosiego. Le entraba una congoja inexplicable, como un temor primitivo. Se acordaba de su antiguo cuerpo, aquel que ya no aguantaba mirar. Se le había olvidado su nombre y su personalidad se había difuminado. ¿Quién era ella? se preguntaba por las noches, acurrucada bajo la manta. Se podía decir que lo echaba de menos, como la nostalgia de su viejo hogar, esa añoranza de lo conocido.

Abrió el armario y allí estaba, completamente envejecido. No era más que un despojo, la representación de sus horrores. Habían pasado más años de los que quería contar, pero al verlo se dio cuenta de que quería ponérselo. Era suyo. Aunque no llegaba a entender el significado de aquella palabra. Mío, se decía. Y se lo puso, como una vieja chaqueta que nos recuerda tiempos que fueron. Y se arrastró con él y su vejez por la casa, evitando su reflejo.

miércoles, 29 de noviembre de 2023

Todos los Santos

Se acerca la fecha y esta vez le toca a ella. Martina arrastra su artrosis por la ciudad. Recorre todas las tiendas que puede. Cientos de ramos de tela para adornar las lápidas, se amontonan en estantes y escaparates. Rosas, claveles, orquídeas, margaritas, crisantemos, lirios, gladiolos, con sus diferentes combinaciones. A lo que hay que añadir el color, la base de hojas verdes y algunos detalles. Las posibilidades son infinitas ¿y si en esta tienda tienen justo lo que busco? ¿pero, qué es lo que busco? Recuerdo las palabras de mamá: rosas rojas para la abuela, flores amarillas para el abuelo, orquídeas para papá; y mientras buscábamos la más adecuada para cada uno de ellos, era como si aún estuvieran con nosotras ¿y para ti, mamá? ¿qué flores quieres tú? Ojalá te pudiera preguntar. Al final lo mejor es prepararlo una misma. De todos modos nada me convence; un poco soso, demasiado chillón, un tanto hortera, en azules ni hablar.

Ha oscurecido. Desde la ventana se ve un cielo opaco y denso. Las nubes esconden la luna. Sobre la mesa del salón está todo lo necesario para elaborar al menos una docena de ramos de flores. Un reloj cuenta las horas. Tiene que estar para mañana, porque es el día, porque las fechas son importantes. Martina trabaja incansable. No cena, se le ha cerrado el estómago. Concentrada, como el que estuviese a punto de fabricar ese invento que cambiará el mundo, esa medicina que salvará miles de vidas, añade una flor, quita otra, recorta un tallo. Ajusta los espacios entre ellas, orienta las hojas, los capullos, ahueca los pétalos. Se aleja y se acerca para mirar el ramo detenidamente, pero nada. No es lo que esperaba. No es lo que quiere para su madre. Repite la misma operación unas cuantas veces más. Añadir, quitar, recortar. Deshacer lo hecho. Rehacer lo deshecho. Si sólo pudiera crear ese ramo que se imagina. Si tuviera la satisfacción de algo tan bien hecho. Lo visualiza colocado en la lápida de su madre. Resalta junto a todas esas otras lápidas, todas desconocidas, todas iguales. Colocadas una tras otra en una monotonía que no termina nunca. Entonces se da cuenta: las flores tendrían que ser naturales ¿como no se le había ocurrido antes? ¿Cómo se va a comparar su belleza con la de las flores artificiales que ha comprado? Sale al jardín. Es plena noche. Las nubes caen como un manto de un negro apagado. Martina corta todo lo que tiene. Cuando vuelve, es como empezar de cero. Le pesan los ojos pero continua. Tras varios intentos desiste. Las flores naturales ganan en belleza pero pierden en simetría, en equilibrio. Son tan imperfectas. Quizá pueda mezclar ambas y así tener la mejor combinación. Así que sigue probando. Añadir, quitar, recortar. Deshacer lo hecho. Rehacer lo deshecho. Alejarse para verlo bien. El desastre de la mesa, las flores por el suelo, y el reloj marcando las horas incansable. Pronto amanecerá, y se da cuenta de que no puede más. De que no estará para mañana. Pero ella sigue. Se ha quedado dormida sobre la mesa mientras añade, quita, recorta, deshace, rehace, mientras el reloj al fondo marca su tic tac, el cielo se aclara, la luz sube por la capa densa de nubes, y en su sueño continúa preparando el ramo de flores. Un sueño del que no despertará.


domingo, 22 de octubre de 2023

Mimo

Aprendí a ser el reflejo silencioso de los demás, una sombra de cara blanca. Ser, solo cuando se es otro. Por eso cada día espero en el parque hasta que pasa alguien. Me acerco, le sigo, le imito; y así consumo el deseo de que mi presencia sea algo. Hasta que aparece ella. Me acerco, la sigo, la imito. A ella le gusta el juego. Eso creo. Me mira y puedo notar como mis gestos se sincronizan a los suyos. La mirada de sorpresa, la sonrisa. Tan natural como respirar. Mis brazos y piernas copian sus movimientos. El pasatiempo de cada día. 

Se me ocurre algo distinto esta vez. Traspasar lo cotidiano. Me lavo la cara. La suya se transforma de espanto al verme, como si se viese a sí misma. Cuando nos acercamos ya no somos dos. Pierdo partes de mí o gano las suyas, ¿quién sabe? Ya no sé si hay cuatro piernas, tres, dos. Cuatro brazos, tres, dos. Si soy o si somos. Tal vez es solo la ilusión de mi inexistencia. Cuando trato de alejarme, se queda sin sombra. Teme perder también su reflejo o su rostro. Todas esas cosas que le hacen ser ella. Así que me quedo. Me acerco más y más, hasta que llega la noche y todo se desfigura. Sin quererlo, he cruzado una línea sin retorno. Ha ocurrido lo inesperado. Dejar de ser nadie, para convertirme en otro.

martes, 31 de enero de 2023

Campanas

Suenan las campanas por todos.

Suenan como un eco de sí mismas y doblan hasta por el que no las escucha. 

Suenan con su lento mecer de olvido y nos susurran su recuerdo ignorado. 

Son el sonido eterno y etéreo que no cesa. 

domingo, 11 de diciembre de 2022

Animales de compañía

De pequeña, en las noches de verano, mi madre, mi abuelo y yo salíamos al jardín linterna en mano para recoger caracoles como tres exploradores de una selva doméstica. Andábamos de puntillas por el césped con el miedo de escuchar el 'crack' de un inocente. Si es que se me comen las plantas pero no puedo verlos sufrir, decía mi madre. Luego dejábamos a las víctimas babosas toda la noche en la cocina dentro de una cazuela, para sorpresa de mi abuela que acostumbraba comérselos. La tapábamos con un colador de pasta para que no escapasen de su celda temporal, y a la mañana siguiente los dejábamos en el campo más cercano. Yo me despedía tocándoles los cuernos, que desaparecían en su cuerpo blando para reaparecer al segundo siguiente.

Así empezó todo. Después mi madre adoptó una gata preñada que rondaba el jardín. Las crías se perdían por todos los rincones de la casa ¡Cuidado no los pises! Era la expresión habitual, así que mi padre se quedaba como una estatua en el sofá cara a la tele para no estorbar.

También instaló unas jaulas en el salón donde acogía pájaros extraviados que con sus cuidados crecían sanos y fuertes. Yo no entendía cómo podían convivir gatos con pájaros, pero mi madre decía que si todos estaban alimentados y satisfechos, todos se llevaban bien. Sólo una vez vi a una gata dar un brinco sobre una jaula porque llegaba con mucho hambre. Mi madre, en uno de esos pocos arranques de vehemencia que a veces tenía, me dijo que los animales, a diferencia de las personas, no hacían daño con mala intención.

Cuando alguna de sus mascotas moría, mi abuelo le cavaba un hoyo en el jardín. Entonces se repetía la misma escena digna de una obra de teatro perfectamente ensayada: a mi madre se la escuchaba sollozar todo el día, mi abuela replicaba un por mí no llorarías tanto, y mi padre un aquí lo importante son los animales no las personas.

Animal que entraba, animal que se quedaba en aquel extraño paraíso de mi madre. Los amigos y familiares venían, se divertían y no preguntaban, como el que disfruta con una rareza que no le atañe. Mi madre se afanaba por limpiar la casa, y por sobrealimentar a los invitados, tal como hacía con sus mascotas. Parecía encantada de tener visitas, pero siempre que se iban me decía que cuanto más conocía a las personas más le gustaban los animales.

Poco a poco la casa se fue desocupando, mis abuelos murieron y yo me fui. Se quedaron ella y mi padre, que pocas veces abandonaba sofá y televisor. Yo no quise tener mascota, no quise desarrollar esa sensibilidad de mi madre por si me hacía más mal que bien. Sólo mis hijos disfrutaban con la situación y sus ocurrencias, cada vez más chocantes. 

En las habitaciones desocupadas acogió nuevos animales: una vez rescató unos erizos huérfanos muy pequeños que crecieron dóciles y cariñosos; otra vez, un conejo herido al que salvó la vida y que se adaptó a las comodidades rápidamente, y hasta en una ocasión, cuidó una mantis religiosa que liberó al poco tiempo porque le daba miedo como la miraba. Los gatos paseaban a sus anchas por la casa y dormían con ella. Los pájaros seguían presidiendo el salón y armaban un revuelo de sonidos ensordecedor. A ninguno le faltaba de nada, aunque cada vez estaba todo más desastrado y sucio.

Cuando mi padre murió, mi madre acogió a un sapo y le hizo un acuario. Me daba un poco de aprensión por lo feo que es pero le he cogido cariño, me dijo la última vez que nos vimos. Con todo lo que yo he sido y mira ahora, como si la casa se cae a trozos. Sólo me pidió que me llevase a sus dos gatas favoritas y al sapo. Yo acepté a regañadientes. Luego abrí todas las puertas y jaulas de la casa, y lo dejé así por unos días. Cuando volví ya no había nada.


sábado, 15 de octubre de 2022

Roberta

Sé que mi tía Roberta está conmigo. Cuando huele a humo de pipa. Cuando huele a muerto. Cuando apago las luces de noche y me envuelve la negrura. Un carácter así se impregna en las paredes.
 
Quítale esas ideas a tu tía, cariño, le decía mi padre a mi madre cuando Roberta aún vivía. Sentada siempre en el sillón, recortada su silueta en la ventana; fuma de su pipa, lee el periódico y se arrima la estufa a las faldas. Aquí tenéis que publicar mi esquela, hija, con letra grande mi nombre, como ésta. Que se vea la primera.
 
Ella se ríe con la boca abierta, la piel encogida como la de un acordeón. Unos pelos blancos salen de su calavera. Esta es la piedra que quiero para mi lápida. Esto otro ni se te ocurra, que parece un banco de cocina. Vale, tía Roberta. Y esta foto. No me pongas vieja que me meto en tus sueños después de muerta. Vale, tía Roberta. Ya hablo yo con la funeraria. He quedado con ellos esta tarde ¿Qué dices, tía Roberta?
 
Mi tía dice que hay que arreglarse para las citas, y que la suya es más formal porque se va sin dejar nada. Quiere ver como la llevan a enterrar. Sube al coche, metida en su ataúd y recorre el camino que separa su casa del cementerio. Fuma de su pipa. Mira el cielo. Ahí me voy, me dice, pero no directa. No he cometido pecados de hecho pero sí de pensamiento, hija. Reza por mí, a ver si llego al paraíso.
 
La señora está senil, decía mi padre, pero yo no le creo. Roberta dice que la muerte ya la visita. Se sienta y mira el sillón de enfrente con sus ojos resecos. Entre el humo de la pipa, me dice, entre el humo se me aparece la parca. Mira, niña, mira. Tienes que ser paciente para verla. Me sube sobre sus rodillas con sus manos de trapo. Entonces la oscuridad dibuja lo que la luz esconde. Es negra, niña, es negra, y sólo en lo negro se aparece. Es negra, niña, y sólo a los muertos viene a ver. Pero tú no estás muerta. Le digo, y Roberta se ríe como un cráneo viviente.
 
Mi marido no lo entiende, pero yo sé que mi tía está conmigo. A veces tengo miedo. Ese miedo hacia aquello que no quieres creer, por si creerlo te hace perder la cabeza. La busco, como ella buscaba a la parca, en la negrura. En el sillón, cuando todos duermen ¿Qué haces, cariño? Pregunta mi marido. Huele a pipa. Huele a muerto. Yo miro hacia el sillón vacío, paciente, a ver si el humo se mueve, a ver si aparece su silueta.