sábado, 11 de julio de 2026

Episodio 3 de la 3ª temporada del podcast Dazibao (VINAGRE)

     A veces, la relación entre el arquitecto y su cliente puede empezar bien y terminar avinagrándose. Este es el caso, por ejemplo, de la famosa Casa Farnsworth, proyectada por Mies Van der Rohe para la doctora Edith Farnsworth en 1945. 

    Farnsworth quería una casa de retiro de fin de semana en una parcela de su propiedad situada en medio de la naturaleza, junto al río Fox en Illinois. 

Mies, que ya tenía una gran trayectoria profesional, materializó el encargo como su ideal de arquitectura moderna: un pabellón de vidrio y acero blanco que parece flotar en el paisaje. Se distribuye en una planta libre organizada alrededor de un núcleo central de madera que concentra los servicios. 

La casa, más que una vivienda habitable, era un manifiesto arquitectónico en el que se priorizó la pureza formal sobre la habitabilidad. 

Edith Farnsworth sentía que no tenía ninguna privacidad. Además, tenía problemas técnicos: condensación en los cristales, sobrecalentamiento en verano, dificultad para calefactar en invierno, mala ventilación y filtraciones en la cubierta. Con las crecidas del río la casa quedaba rodeada de agua. El dinero también fue un problema, ya que el coste final duplicó el presupuesto inicial. 

La combinación de sobrecostes y la insatisfacción de la clienta con la vivienda deterioró la relación entre ellos. El conflicto terminó en tribunales en 1951. Mies demandó a Farnsworth por facturas impagadas y ella respondió acusándolo de fraude. El juicio fue largo y mediático, y terminó dando la razón al arquitecto, pero dejando la relación destruida. 

Pese a todo, la casa Farnsworth es considerada una de de las obras más importantes de la arquitectura moderna del siglo XX, aunque el debate entre la pureza arquitectónica y la habitabilidad sigue estando vigente. 

Otro ejemplo de una relación entre arquitecto y cliente que termina avinagrándose sería el caso de una de las obras más icónicas de Le Corbusier: la villa Savoye. 

En 1928, Pierre y Eugénie Savoye —una familia burguesa acomodada— encargaron a Le Corbusier una residencia de fin de semana en Poissy, cerca de París. Los Savoye dieron plena libertad creativa a Le Corbusier, que ya era un arquitecto de prestigio, y Le Corbusier proyectó una casa en la que se aplicasen sus “cinco puntos para una nueva arquitectura”:  pilares de hormigón que elevan la casa del suelo, una planta libre al sustituirse los muros de carga por pilares, fachadas también libres al separarse la estructura de la fachada, ventanas horizontales continuas que proporcionan iluminación uniforme , y una cubierta-jardín. 

La vivienda se convirtió en la expresión más completa de las ideas modernas de Le Corbusier, pero la experiencia de los clientes fue distinta. La casa era innovadora para la tecnología constructiva del momento y desde el principio aparecieron filtraciones y humedades. Madame Savoye escribió varias cartas al arquitecto reclamando que “llovía” dentro de la casa: "llueve en el hall, llueve en la rampa y la pared del garaje está completamente empapada". Además, el ruido de la lluvia sobre los lucernarios les impedía dormir. La casa era difícil de calefactar debido al frío y la humedad constantes. En una de sus cartas llegó a pedirle que hiciera la vivienda “habitable inmediatamente”. 

Le Corbusier intentó solucionar algunos problemas, pero muchos de ellos persistieron durante años. Con el tiempo, la familia terminó usando la casa menos de lo previsto. La Segunda Guerra Mundial aceleró su abandono y el edificio estuvo cerca de demolerse antes de ser reconocido como una obra maestra del siglo XX. 

Por último, hablaremos de la Casa de la cascada de Frank Lloyd Wright, en la que la relación que se avinagró no fue tanto con el cliente sino con los ingenieros. 

En 1935, Edgar J. Kaufmann, propietario de unos grandes almacenes en Pittsburgh, pidió a Wright una casa de fin de semana en el bosque de Bear Run, Pensilvania, que tuviese una buena vista a una cascada natural. 

Wright no diseñó la vivienda frente a la cascada sino justo encima de ella, buscando que la naturaleza se convirtiese en parte esencial de sus vidas. La casa destaca por su fuerte integración en el paisaje gracias al uso de la piedra local y a su composición orgánica. Se caracteriza por sus largas terrazas en voladizo que se proyectan horizontalmente sobre el arroyo.

Los problemas comenzaron durante la construcción: los ingenieros consultados por el cliente advirtieron que los enormes voladizos de hormigón necesitaban más refuerzos de los previstos por el arquitecto. Wright se resistió a las recomendaciones técnicas de los ingenieros, llegando a amenazar con renunciar si no se hacían las cosas a su manera. Finalmente se introdujeron algunas de las modificaciones indicadas por los ingenieros. 

El tiempo demostró que  tenían razón, ya que en el año 2000 las deformaciones de los voladizos alcanzaron niveles preocupantes y se realizó una compleja y costosa restauración estructural. 

Esto no lo llegaron a vivir los Kaufmann, que adoraban la fuerza poética de la casa, pero sí que convivieron con numerosos problemas cotidianos: filtraciones, humedad constante por la proximidad a la cascada, aparición de moho y un mantenimiento complejo. También contrataron inspecciones estructurales periódicas para vigilar el comportamiento de los voladizos de hormigón, ya que desde el principio aparecieron deformaciones y fisuras. 

A pesar de estos problemas, los Kaufmann continuaron utilizando la casa durante décadas y la consideraban una obra excepcional. Hasta 1963, cuando la familia decidió cederla para su conservación y la casa pasó a ser un museo abierto al público. 

La casa de la cascada fue vista como un proyecto visionario y hoy es considerada una obra maestra de la arquitectura del siglo XX,  aunque algunos restauradores actuales describen la lucha contra el agua como “interminable”. 

Y vosotros, ¿de qué lado estáis? ¿del arquitecto, del cliente, de los ingenieros? ¿De dar prioridad a la visión artística o a los condicionantes técnicos? ¿Quizá de encontrar un equilibro entre ambos?

lunes, 14 de octubre de 2024

Alfonsito

Le miro fijamente con mi dedo apoyado sobre el interruptor de la lámpara, por si en aquel momento mueve el pecho, por si respira; o si el párpado se levanta, o por si su nariz respingona, tallada con gran esmero, hace algún gesto. Entonces, apago la luz, no sin antes alargar el cable con el interruptor hasta mi cama.

Tu hermano de madera, así lo llama mi padre, y tiene una cama igual que la mía. Duerme a mi lado en la habitación. Duerme, eso pienso yo. También me pregunto si yo fui de madera antes de ser una niña de carne y hueso. Me despierto sobresaltada para tocarme la cara y comprobar que es blanda, de piel, y comprobar también que mi hermano sigue ahí, tapado con una manta, como un niño de verdad.

Todas las mañanas veo a papá entrar en mi habitación y llevárselo con suavidad a la hora del desayuno. Buenos días, Samanta, dice con el pelele sentado sobre su rodilla. Buenos días, papá, buenos días Alfonsito, les digo yo. El que contesta siempre es Alfonsito. ‘Venga, menos rollos y a desayunar, niña, que estás muy flaca. Nadie consigue hacerse fuerte con zalamerías’. Papá, ¿habla él o hablas tú? le pregunto, y él suelta una carcajada burlona.

Mi padre se gana la vida como ventrílocuo y así cuida de mí, al faltar mi madre. Yo fantaseo con la idea de que Alfonsito fue un niño, que una maldición convirtió en muñeco de madera; que mi madre no pudo soportar ver a su hijo volverse un muñeco y se murió de pena.

Al hacerme mayor, mi padre me dice que Alfonsito se puede ruborizar con mi cuerpo de señorita y lo cambia de habitación. Yo nunca abandono la costumbre del interruptor. Me levanto agitada varias veces por la noche al más mínimo ruido y doy la luz. Espero verle en el umbral de la puerta, de pie, como el niño con vida que debía ser, con los mofletes encendidos al verme.

-Papá, nunca te veo mover los labios. - le digo un día.

-Claro, porque he practicado mucho.

-Eso es porque soy yo el que habla, niña, que no te enteras. El que mueve la boca es el que habla.

-Te voy a enseñar, Samanta.

-A mí la niña no me mete la mano por... -es lo último que dice antes de pasar de la rodilla de papá a la mía.

Aunque aprendo rápido, nunca creo que lo que digo con aquella otra voz sea yo misma. Esa voz no puede ser más que la de Alfonsito. Habla y habla, y las frases sarcásticas y despectivas salen naturales de su boca. A la gente le encanta escuchar aquello que no se atreve a decir, a veces ni a pensar. Se ríen hasta que se les desencaja la boca como si fuera la de Alfonsito.

Al morir mi padre Alfonsito se queda solo. Con ojos expectantes, me mira como si tuviera algo en la punta de la lengua. Yo le meto la mano por la espalda y le hago mirarme.

-Alfonsito, lo siento.

-Ahora sí que la has hecho buena Samanta, sin madre y sin padre. Ahora toca ganarse el pan sola. Por muy canija que seas, algo tendrás que comer ¿no?

-Pues sí, y tú me vas a ayudar.

-Quieres decir que yo lo voy a hacer todo, como siempre. Soy la estrella de la familia, ya lo sabes.

Mi padre ya se había hecho un nombre, así que nuestro espectáculo no tarda en ser conocido, por Alfonsito, tengo que reconocerlo, el público le adora. Yo nunca he dormido bien y ahora menos, pero en compañía todo es más fácil. Alfonsito duerme en mi cama, pero el interruptor lo tengo siempre cerca. Le doy la mano por las noches, y noto su tacto de madera junto al mío de carne y hueso. A veces espero que se convierta en humano, que yo me convierta en muñeco. Nunca sabes cómo pueden suceder estas cosas.


domingo, 9 de junio de 2024

La novia durmiente

Cuando encontraron a Amanda en aquel estado, algunos se preguntaron si podría despertarla un beso de amor, pero su prometido había huido para evitarse mayores contratiempos. 

¿Aún está viva? Lloró la madre ¿Qué ha pasado? Gritó el padre. Está en coma, sentenció el médico ¿Dónde está mi hijo? Gritó la suegra. No pude hacer nada por ella, dijo el curandero. Yo sé lo que ha pasado, dijo la amiga. Se ha muerto de aburrimiento. Ese Emilio es un soso. 

Los episodios de sueño empezaron la noche de la pedida de matrimonio. Emilio invitó a Amanda a un restaurante de precio moderado; estrategia que usaba cuando su novia daba señales de desinterés. Amanda, creo que deberíamos casarnos, le dijo, y a Amanda se le pasó toda su vida por delante: su primer amor, apasionado y tormentoso, que casi la lleva a perder la cabeza; el siguiente, un romance tierno que la distancia separó. Luego vino Emilio, que alivió ese instinto que la empujaba a la seguridad; un instinto que se había acentuado con la edad. De acuerdo, contestó. Puedo aprovechar las rebajas para comprar el traje, dijo él. Aquella misma noche comenzaron los episodios de sueño.

Emilio culpó al vino de tener que sacar casi a rastras a su prometida del restaurante. Luego la escuchó encadenar un bostezo con otro durante el viaje de vuelta a casa, hasta que la tiró como un saco en la cama al llegar ¿Te encuentras bien, cariño? Solo obtuvo ronquidos como respuesta. Debió ser la emoción, se dijo, pero aquello fue poco a poco a peor.

Desde entonces, cuando hablaban, la voz de Emilio, honda y nasal, le llegaba a Amanda como lejana. Su mirada monótona la hipnotizaba hasta el amodorramiento. Se le caían los párpados, a veces también la cabeza, golpeando la mesa con fuerza.

Los médicos no vieron nada en analíticas y demás exploraciones. Los curanderos recomendaron hierbas y ejercicios que no dieron resultado. Amanda tomaba más café que nunca, pero sus siestas eran cada vez más largas, hasta el punto de que apenas pasaban tiempo juntos en el que se mantuviese despierta.

Una noche Emilio, en un empeño por ignorar aquel inconveniente, y arrebatado de una pasión insólita en él, trató de intimar con su prometida. Cayó fulminada y así la encontraron, como presa de un hechizo.



 

viernes, 3 de mayo de 2024

El escarabajo

Al ver aquel escarabajo supe que era la reencarnación de mi abuela Flora. Lo supe por su mirada altiva y porque se posó sobre un juego de porcelana china que mi madre quería tirar. Sabía que vendrías, le digo, que no me dejarías sola y aburrida un verano más. Todos los veranos los pasamos aquí, en la casa del pueblo de la abuela Flora, huyendo del ruido y del calor de la ciudad.

Le traigo unas pastas y le pongo un poco de café en una de las tazas chinas. Mi abuela Flora toquetea las pastas con sus patas y antenas, y mete la cabeza en el café. Tranquila abuela, no dejaré que mamá se deshaga de tus cosas. Dice que quiere vaciar la casa y venderla, que sólo le da problemas. Tú siempre le decías que pone el grito en el cielo por todo.

La subo a mi mano y la llevo a la mesa camilla, su lugar favorito, junto a la ventana desde donde se ve la calle a través del visillo. Nos gustaba ver a la gente del pueblo pasar y tú me contabas sus historias: la de Facundo, el viejo cojo, que había luchado en la guerra y algunas noches se levantaba sonámbulo y sin cojear, daba la vuelta a la manzana con las manos sobre la cabeza repitiendo algo para sí; la de enfrente, la señora Trini, que desde que enviudó le daba miedo salir de casa, y cuando hacía la compra ponía esa mirada suspicaz e intentaba no cruzarse con nadie. A veces nos vigilaba desde la ventana de enfrente y tú jugabas a sorprenderla. Entonces ella se apartaba corriendo.

Mi abuela Flora se sacude bajo su caparazón y yo escucho una risa leve, proporcional a su tamaño. Mamá te decía que me ibas a llenar la cabeza de pájaros y a que saliese con los de mi edad, que me iba a malograr, y yo que qué era eso de malograr, y tú que no le hiciera ni caso, que el verano era para hacer lo que nos diera la gana.

La llevo a su antigua habitación y la dejo sobre el tocador. Se gira sobre sí misma delante del espejo para mirarse desde todos los ángulos y se acicala las antenas con sus patas. Yo le echo un poco de perfume y le paso el cepillo por encima. Estás muy guapa abuela, que pena que no puedas ponerte tu ropa.

Nunca llevaste luto al enviudar, decías que eso era para las viejas. Tú llevabas vestidos con flores, zapatos de tacón y lápiz de labios rojo, y mamá te lo reprochaba, te decía que la gente se te quedaba mirando y tú que era un antigua, y ella que de vez en cuando había que ser como todo el mundo y tú que eso era para la gente sin imaginación.

Te subes a mi mano y te llevo a la habitación del patio, donde pasaste tus últimos días. Desde la cama se ve el cielo, un viejo olivo y una fuente que gotea y parece marcar el tiempo. Te iba a ver por las tardes y jugábamos a las cartas. Te pusiste peor y me daba miedo acercarme, y ver que los pómulos te sobresalían y los ojos se te encogían. Tú me agarrabas la mejilla para decirme lo lozana que estaba. Me dijiste que no me preocupara por ti, que los familiares siempre vuelven, que hay que estar atentos.

Un día llenaron la habitación de flores. Te habían metido en una caja y puesto una ropa muy sosa. Parecías un mueble más. Yo te esperaba, abuela, como me dijiste. A veces era un gato, a veces una mariquita que se colaba en casa, pero ninguno daba señales de ser tú. Hasta que por fin llegaste.

Se escucha la puerta. Mis padres han vuelto. Meto corriendo a mi abuela en el bolsillo del vestido ¿Qué haces que no estás en la cama, Amelia? Mi madre me coge del brazo y me arrastra hasta mi cuarto. Mi padre se sienta delante de la tele con un vaso de cerveza y su matamoscas. Cuando mi madre me intenta quitar el vestido, la abuela Flora sale volando del bolsillo y mi madre suelta un chillido. Mi padre ve a la abuela corretear y le pega un sopapo con el matamoscas. Yo suelto un grito aún más ensordecedor ¡Habéis matado a la abuela Flora!

martes, 19 de marzo de 2024

Fotografías

Vicente apretó el disparador de la cámara y pilló in fraganti a sus dos hijas; desayunando en pijama y despeinadas. Acto seguido comenzaron las quejas, siempre igual papá ¿por qué nos sacas así?, y las risas de su padre. Estas sois vosotras de verdad, dijo cuando reveló la fotografía, le puso un marco y la colocó sobre el aparador del salón. Vicente, cariño, las nenas no salen bien, salió en defensa la madre; pero no había nada que hacer. La foto se quedaba allí.

Las hijas sólo querían exhibir las fotografías en las que aparecían radiantes, vestidas para alguna ocasión especial. Esas que sacaban a la luz sus mejores atributos; posadas, sonrientes e incluso con un vestido nuevo. Así que guardaban la foto de su padre en el cajón cuando los novios llegaban a casa, y Vicente se tragaba su disgusto a regañadientes, para luego sacarla y devolverla a su lugar.

Nadie entendía el por qué de aquella costumbre, pero Vicente estaba satisfecho con las muecas, las melenas enredadas y la ropa vieja de sus hijas. El resto del tiempo, las miraba con seriedad detrás de sus gafas, con un semblante recto y un gesto más recto aún, congelado en el pasar de los años.

Quizá era su manera de mantener a sus hijas como las niñas que ya no eran, o a lo mejor era el único humor que conocía, o incluso, podía ser un intento de romper esa distancia con ellas. Aunque a lo mejor lo hacía por él, en un esfuerzo por sacar algo singular de una vida cortada por el patrón que ya cosieron sus padres, y los padres de sus padres. Su pequeño acto de subversión.

miércoles, 31 de enero de 2024

Cuerpos

Igual que se cambiaba de vestido, un día abrió el armario y se cambió de cuerpo. Colgó el suyo en el perchero y se puso uno de los que tenía guardados, como abrigos de piel con cabeza y pies. No aguantaba más. Había pasado los últimos meses mirándose al espejo, esos espejos malditos que tenía en casa y que no le permitían olvidarse de sí misma. Una mancha, una verruga, otra cana, otra arruga; así se revelaba ese cuerpo que tenía pegado a ella. Se imaginaba cómo sus facciones se deshacían poco a poco hasta no reconocerse, y esa imagen la aterrorizaba día y noche. Quería vivir con la ligereza de esos años en los que la muerte no existe.

A veces usaba el cuerpo de Spencer, un joven explorador que viajaba a lugares recónditos, surcaba océanos y cazaba búfalos. Las jóvenes le adoraban. Otras veces era Margarita, una niña de sonrisa tierna y llena de hoyuelos que acudía a casa de las viejas para que le invitaran a dulces y té. También estaba la joven seductora Rebeca, un cuerpo que se ponía con recelo, ya que envidiaba su singular belleza; o sino el gato Tadeo, para las ocasiones en las que deseaba dormir, acicalarse y cotillear por la ventana al vecindario.

Así pasaban los años, de un lado para otro, de un cuerpo a otro. Le hacían sentir renovada, diferente, pero pese a todo, algo la mantenía inquieta en esa vida leve y voluble. Tuvo una vez un prometido, estando en el cuerpo de Rebeca, al que finalmente rechazó. No pudo soportar la duda de si la amaba a ella, o a esos labios carnosos y ojos azules. Siendo Spencer había enamorado a innumerables jóvenes, que le perseguían hasta el acoso, pero se sentía un farsante cuando recibía sus miradas fogosas. Tampoco sabía si los vecinos le tenían cariño a ella o a los hoyuelos de Margarita, o si la señora del primero le ponía de comer solo por su gracia al ronronear.

A veces dormía con su alma desnuda, y eran esas noches las de mayor desasosiego. Le entraba una congoja inexplicable, como un temor primitivo. Se acordaba de su antiguo cuerpo, aquel que ya no aguantaba mirar. Se le había olvidado su nombre y su personalidad se había difuminado. ¿Quién era ella? se preguntaba por las noches, acurrucada bajo la manta. Se podía decir que lo echaba de menos, como la nostalgia de su viejo hogar, esa añoranza de lo conocido.

Abrió el armario y allí estaba, completamente envejecido. No era más que un despojo, la representación de sus horrores. Habían pasado más años de los que quería contar, pero al verlo se dio cuenta de que quería ponérselo. Era suyo. Aunque no llegaba a entender el significado de aquella palabra. Mío, se decía. Y se lo puso, como una vieja chaqueta que nos recuerda tiempos que fueron. Y se arrastró con él y su vejez por la casa, evitando su reflejo.

miércoles, 29 de noviembre de 2023

Todos los Santos

Se acerca la fecha y esta vez le toca a ella. Martina arrastra su artrosis por la ciudad. Recorre todas las tiendas que puede. Cientos de ramos de tela para adornar las lápidas, se amontonan en estantes y escaparates. Rosas, claveles, orquídeas, margaritas, crisantemos, lirios, gladiolos, con sus diferentes combinaciones. A lo que hay que añadir el color, la base de hojas verdes y algunos detalles. Las posibilidades son infinitas ¿y si en esta tienda tienen justo lo que busco? ¿pero, qué es lo que busco? Recuerdo las palabras de mamá: rosas rojas para la abuela, flores amarillas para el abuelo, orquídeas para papá; y mientras buscábamos la más adecuada para cada uno de ellos, era como si aún estuvieran con nosotras ¿y para ti, mamá? ¿qué flores quieres tú? Ojalá te pudiera preguntar. Al final lo mejor es prepararlo una misma. De todos modos nada me convence; un poco soso, demasiado chillón, un tanto hortera, en azules ni hablar.

Ha oscurecido. Desde la ventana se ve un cielo opaco y denso. Las nubes esconden la luna. Sobre la mesa del salón está todo lo necesario para elaborar al menos una docena de ramos de flores. Un reloj cuenta las horas. Tiene que estar para mañana, porque es el día, porque las fechas son importantes. Martina trabaja incansable. No cena, se le ha cerrado el estómago. Concentrada, como el que estuviese a punto de fabricar ese invento que cambiará el mundo, esa medicina que salvará miles de vidas, añade una flor, quita otra, recorta un tallo. Ajusta los espacios entre ellas, orienta las hojas, los capullos, ahueca los pétalos. Se aleja y se acerca para mirar el ramo detenidamente, pero nada. No es lo que esperaba. No es lo que quiere para su madre. Repite la misma operación unas cuantas veces más. Añadir, quitar, recortar. Deshacer lo hecho. Rehacer lo deshecho. Si sólo pudiera crear ese ramo que se imagina. Si tuviera la satisfacción de algo tan bien hecho. Lo visualiza colocado en la lápida de su madre. Resalta junto a todas esas otras lápidas, todas desconocidas, todas iguales. Colocadas una tras otra en una monotonía que no termina nunca. Entonces se da cuenta: las flores tendrían que ser naturales ¿como no se le había ocurrido antes? ¿Cómo se va a comparar su belleza con la de las flores artificiales que ha comprado? Sale al jardín. Es plena noche. Las nubes caen como un manto de un negro apagado. Martina corta todo lo que tiene. Cuando vuelve, es como empezar de cero. Le pesan los ojos pero continua. Tras varios intentos desiste. Las flores naturales ganan en belleza pero pierden en simetría, en equilibrio. Son tan imperfectas. Quizá pueda mezclar ambas y así tener la mejor combinación. Así que sigue probando. Añadir, quitar, recortar. Deshacer lo hecho. Rehacer lo deshecho. Alejarse para verlo bien. El desastre de la mesa, las flores por el suelo, y el reloj marcando las horas incansable. Pronto amanecerá, y se da cuenta de que no puede más. De que no estará para mañana. Pero ella sigue. Se ha quedado dormida sobre la mesa mientras añade, quita, recorta, deshace, rehace, mientras el reloj al fondo marca su tic tac, el cielo se aclara, la luz sube por la capa densa de nubes, y en su sueño continúa preparando el ramo de flores. Un sueño del que no despertará.


domingo, 22 de octubre de 2023

Mimo

Aprendí a ser el reflejo silencioso de los demás, una sombra de cara blanca. Ser, solo cuando se es otro. Por eso cada día espero en el parque hasta que pasa alguien. Me acerco, le sigo, le imito; y así consumo el deseo de que mi presencia sea algo. Hasta que aparece ella. Me acerco, la sigo, la imito. A ella le gusta el juego. Eso creo. Me mira y puedo notar como mis gestos se sincronizan a los suyos. La mirada de sorpresa, la sonrisa. Tan natural como respirar. Mis brazos y piernas copian sus movimientos. El pasatiempo de cada día. 

Se me ocurre algo distinto esta vez. Traspasar lo cotidiano. Me lavo la cara. La suya se transforma de espanto al verme, como si se viese a sí misma. Cuando nos acercamos ya no somos dos. Pierdo partes de mí o gano las suyas, ¿quién sabe? Ya no sé si hay cuatro piernas, tres, dos. Cuatro brazos, tres, dos. Si soy o si somos. Tal vez es solo la ilusión de mi inexistencia. Cuando trato de alejarme, se queda sin sombra. Teme perder también su reflejo o su rostro. Todas esas cosas que le hacen ser ella. Así que me quedo. Me acerco más y más, hasta que llega la noche y todo se desfigura. Sin quererlo, he cruzado una línea sin retorno. Ha ocurrido lo inesperado. Dejar de ser nadie, para convertirme en otro.

martes, 31 de enero de 2023

Campanas

Suenan las campanas por todos.

Suenan como un eco de sí mismas y doblan hasta por el que no las escucha. 

Suenan con su lento mecer de olvido y nos susurran su recuerdo ignorado. 

Son el sonido eterno y etéreo que no cesa. 

domingo, 11 de diciembre de 2022

Animales de compañía

De pequeña, en las noches de verano, mi madre, mi abuelo y yo salíamos al jardín linterna en mano para recoger caracoles como tres exploradores de una selva doméstica. Andábamos de puntillas por el césped con el miedo de escuchar el 'crack' de un inocente. Si es que se me comen las plantas pero no puedo verlos sufrir, decía mi madre. Luego dejábamos a las víctimas babosas toda la noche en la cocina dentro de una cazuela, para sorpresa de mi abuela que acostumbraba comérselos. La tapábamos con un colador de pasta para que no escapasen de su celda temporal, y a la mañana siguiente los dejábamos en el campo más cercano. Yo me despedía tocándoles los cuernos, que desaparecían en su cuerpo blando para reaparecer al segundo siguiente.

Así empezó todo. Después mi madre adoptó una gata preñada que rondaba el jardín. Las crías se perdían por todos los rincones de la casa ¡Cuidado no los pises! Era la expresión habitual, así que mi padre se quedaba como una estatua en el sofá cara a la tele para no estorbar.

También instaló unas jaulas en el salón donde acogía pájaros extraviados que con sus cuidados crecían sanos y fuertes. Yo no entendía cómo podían convivir gatos con pájaros, pero mi madre decía que si todos estaban alimentados y satisfechos, todos se llevaban bien. Sólo una vez vi a una gata dar un brinco sobre una jaula porque llegaba con mucho hambre. Mi madre, en uno de esos pocos arranques de vehemencia que a veces tenía, me dijo que los animales, a diferencia de las personas, no hacían daño con mala intención.

Cuando alguna de sus mascotas moría, mi abuelo le cavaba un hoyo en el jardín. Entonces se repetía la misma escena digna de una obra de teatro perfectamente ensayada: a mi madre se la escuchaba sollozar todo el día, mi abuela replicaba un por mí no llorarías tanto, y mi padre un aquí lo importante son los animales no las personas.

Animal que entraba, animal que se quedaba en aquel extraño paraíso de mi madre. Los amigos y familiares venían, se divertían y no preguntaban, como el que disfruta con una rareza que no le atañe. Mi madre se afanaba por limpiar la casa, y por sobrealimentar a los invitados, tal como hacía con sus mascotas. Parecía encantada de tener visitas, pero siempre que se iban me decía que cuanto más conocía a las personas más le gustaban los animales.

Poco a poco la casa se fue desocupando, mis abuelos murieron y yo me fui. Se quedaron ella y mi padre, que pocas veces abandonaba sofá y televisor. Yo no quise tener mascota, no quise desarrollar esa sensibilidad de mi madre por si me hacía más mal que bien. Sólo mis hijos disfrutaban con la situación y sus ocurrencias, cada vez más chocantes. 

En las habitaciones desocupadas acogió nuevos animales: una vez rescató unos erizos huérfanos muy pequeños que crecieron dóciles y cariñosos; otra vez, un conejo herido al que salvó la vida y que se adaptó a las comodidades rápidamente, y hasta en una ocasión, cuidó una mantis religiosa que liberó al poco tiempo porque le daba miedo como la miraba. Los gatos paseaban a sus anchas por la casa y dormían con ella. Los pájaros seguían presidiendo el salón y armaban un revuelo de sonidos ensordecedor. A ninguno le faltaba de nada, aunque cada vez estaba todo más desastrado y sucio.

Cuando mi padre murió, mi madre acogió a un sapo y le hizo un acuario. Me daba un poco de aprensión por lo feo que es pero le he cogido cariño, me dijo la última vez que nos vimos. Con todo lo que yo he sido y mira ahora, como si la casa se cae a trozos. Sólo me pidió que me llevase a sus dos gatas favoritas y al sapo. Yo acepté a regañadientes. Luego abrí todas las puertas y jaulas de la casa, y lo dejé así por unos días. Cuando volví ya no había nada.


sábado, 15 de octubre de 2022

Roberta

Sé que mi tía Roberta está conmigo. Cuando huele a humo de pipa. Cuando huele a muerto. Cuando apago las luces de noche y me envuelve la negrura. Un carácter así se impregna en las paredes.
 
Quítale esas ideas a tu tía, cariño, le decía mi padre a mi madre cuando Roberta aún vivía. Sentada siempre en el sillón, recortada su silueta en la ventana; fuma de su pipa, lee el periódico y se arrima la estufa a las faldas. Aquí tenéis que publicar mi esquela, hija, con letra grande mi nombre, como ésta. Que se vea la primera.
 
Ella se ríe con la boca abierta, la piel encogida como la de un acordeón. Unos pelos blancos salen de su calavera. Esta es la piedra que quiero para mi lápida. Esto otro ni se te ocurra, que parece un banco de cocina. Vale, tía Roberta. Y esta foto. No me pongas vieja que me meto en tus sueños después de muerta. Vale, tía Roberta. Ya hablo yo con la funeraria. He quedado con ellos esta tarde ¿Qué dices, tía Roberta?
 
Mi tía dice que hay que arreglarse para las citas, y que la suya es más formal porque se va sin dejar nada. Quiere ver como la llevan a enterrar. Sube al coche, metida en su ataúd y recorre el camino que separa su casa del cementerio. Fuma de su pipa. Mira el cielo. Ahí me voy, me dice, pero no directa. No he cometido pecados de hecho pero sí de pensamiento, hija. Reza por mí, a ver si llego al paraíso.
 
La señora está senil, decía mi padre, pero yo no le creo. Roberta dice que la muerte ya la visita. Se sienta y mira el sillón de enfrente con sus ojos resecos. Entre el humo de la pipa, me dice, entre el humo se me aparece la parca. Mira, niña, mira. Tienes que ser paciente para verla. Me sube sobre sus rodillas con sus manos de trapo. Entonces la oscuridad dibuja lo que la luz esconde. Es negra, niña, es negra, y sólo en lo negro se aparece. Es negra, niña, y sólo a los muertos viene a ver. Pero tú no estás muerta. Le digo, y Roberta se ríe como un cráneo viviente.
 
Mi marido no lo entiende, pero yo sé que mi tía está conmigo. A veces tengo miedo. Ese miedo hacia aquello que no quieres creer, por si creerlo te hace perder la cabeza. La busco, como ella buscaba a la parca, en la negrura. En el sillón, cuando todos duermen ¿Qué haces, cariño? Pregunta mi marido. Huele a pipa. Huele a muerto. Yo miro hacia el sillón vacío, paciente, a ver si el humo se mueve, a ver si aparece su silueta.

martes, 23 de agosto de 2022

Personaje

El escritor está creando un personaje que se parece un poco a un amigo, otro poco a su madre, incluso a sí mismo.

Según toma forma su personalidad, se debate entre varios nombres, como si se tratase de un hijo que va a nacer.

No sin algo de tristeza, imagina todas las desventuras que le va a hacer pasar.

Quizás lo ha creado porque ni puede conocer a todas las personas que quisiera, ni las conoce en la profundidad que le gustaría.

Quizás cuando esté terminado, le ayude a resolver el rompecabezas de aquellos a los que conoce sin conocer; sus contradicciones, sus miedos, sus ilusiones,...


domingo, 29 de mayo de 2022

El mantel

Hoy he puesto el mantel nuevo. Hace años que usamos un mantel de cuadros color beige y blanco. Se rompió hace poco por el centro, el sitio por donde se dobla y se ponen las ollas de comida caliente. Se resquebrajó, así que compré uno nuevo, el más parecido que encontré: esta vez, color rosa claro y blanco. Aún me estoy acostumbrando.

El rosa combina mejor con la decoración y a Olivia le encanta. Eso me dice cuando coloca el jarrón que pintó el verano pasado encima de la mesa ¡Mira mamá! Combina con el mantel. Me dice como si fuera una señora mayor.

A Olivia le gusta jugar en el jardín hasta que cae la noche. Yo le digo que no se acerque a los gatos que pasan a nuestra parcela. Vale mamá, no les hago caso, me dice siempre un poco triste.

Un buen día, me di cuenta de que una gata rondaba nuestra casa. Poco tiempo después nos trajo cuatro cachorros. A mí no me hizo ninguna gracia y a Olivia le encantó. Después de muchos lloros, regalé a tres de los cuatro, y el cuarto se quedó con nosotros. Ahora somos dos más.

Mi marido tiene la costumbre de hacer la cena, así que cuando empieza a oler a comida se oye su voz desde la cocina: ¡A poner la mesa, chicas! Es el momento para Olivia de quitar su jarrón rosa de encima del mantel y ayudarme a poner los cubiertos.

Cuando se hace de noche y todos se han acostado, me gusta tumbarme en el sofá con la luz apagada, antes de irme a dormir. La gata siempre me acompaña. Se sienta encima del mantel y me mira. Sólo la dejo cuando estamos solas. Parece un jarrón. Me mira y mira hacia el jardín fijamente, como si viera mundos que están fuera de mi alcance.

jueves, 31 de marzo de 2022

Eusebio

La gente de aquí no tiene sueños, porque los sueños se les enredan en los matojos y se evaporan con el aire reseco. Por eso vine, para recordar mis raíces, si es que un viejo puede acordarse de tanto, y para olvidarme de anhelos y fantasías. 

La Paca deja el plato sobre mi mesa con desprecio de tabernera vieja. Le he pedido pescado y me ha traído carne. Aquí poco importan esos detalles ¿Qué esperaba? Si los ríos hace tiempo que se alejaron de este lugar. Se secaron, desorientados e incapaces de recordar su camino hasta el mar. Esta vez le tengo que decir algo a la Paca, que poco a poco se me está subiendo a la chepa. Me llama el señorito de la ciudad. Eusebio, el hijo de la Merceditas, que se ha acordado de su pueblo ya para la vejez ¿Qué sabrá de las pillerías que yo ya hacía cuando ella ni había nacido? 

A la Paca le digo que no me ha puesto lo que he pedido. No tenemos otra cosa, contesta, y se da media vuelta. La Paca me recuerda a mi madre, que decía que después de pasar por cuatro partos y criarse a cuatro bestias, a ella nadie le daba órdenes. Mi madre, que de terca que era, se murió sola mientras sus bestias trabajaban en la ciudad. Para enterrarla sí que vinimos, y bajo su cuerpo arrugado y deforme, parecía esconder secretos que no nos dijo. Aquí se quedó, de donde nunca había salido, bajo la tierra estéril. 

Aquí la gente no sonríe, sino que te mira con cansancio o enfado. La Paca me mira con cansancio cuando le digo que se lleve mi plato. Mi mujer también me miraba así, hasta que me dijo que con mi amargura no podía vivir. Por eso me vine al pueblo, para vivir ya sin fantasías y anhelos, que te alimentan las esperanzas y luego te dejan con hambre. Cuando le digo que no se lo pago, me mira con enfado. Se cruza de brazos y resopla, como buen toro de lidia que es. Me dice que se lo tengo que pagar. Yo le digo que ni hablar. Algunos parroquianos dejan sus puros, alcoholes y cartas para ver la contienda. Entonces del almacén sale Severino, su marido ¿Qué pasa aquí? Dice. Deja al Eusebio, Paca. De tu cuenta sale, le dice la Paca y se va. Severino me pone un licor. Parece mirarme con pena, que rápido se vuelve cansancio; se gira y se va por donde ha venido también. 

Aquí la rutina no se disfraza con nada. Por eso el tiempo es tan denso. Solo lo diluye el alcohol. Yo le dejo el dinero en la barra, más de lo que es. Luego me bebo el licor. Me vuelvo a casa cuesta arriba, con una falsa sensación de calor, casi alegría, y con las piernas temblorosas. Para eso me vine aquí, para olvidarme.

sábado, 26 de febrero de 2022

La novia durmiente

Amanda creyó estar presa de un hechizo cuando se dio cuenta de que su novio Emilio le hacía caer en un sopor inevitable. 

Fue la noche de la pedida de matrimonio. Emilio invitó a Amanda a un restaurante de precio moderado; estrategia que usaba cuando su novia daba señales de desinterés. 

Aquella noche Emilio fue un paso más allá. ‘Amanda, creo que deberíamos casarnos’, le dijo, y le entregó un anillo. A Amanda se le pasó toda su vida por delante: su primer amor, apasionado y tormentoso, que la llevó hasta casi perder la cabeza; el siguiente, un romance tierno que la distancia separó. Luego vino Emilio, que alivió ese instinto que la empujaba a la seguridad; un instinto que se había acentuado con la edad. 'De acuerdo', contestó. ‘Puedo aprovechar las rebajas para comprar el traje’, fue el siguiente comentario de Emilio. Aquella misma noche comenzaron los episodios de sueño. 

Emilio culpó al vino de tener que sacar casi a rastras a su prometida del restaurante. Luego la escuchó encadenar un bostezo con otro durante el viaje de vuelta a casa, hasta que la tiró como un saco en la cama al llegar '¿Te encuentras bien, cariño?' Solo obtuvo ronquidos como respuesta. 'Debió ser la emoción', se dijo, pero aquello fue poco a poco a peor. 

Desde entonces, cuando hablaban, la voz de Emilio, honda y nasal, le llegaba a Amanda como lejana. Su mirada monótona la hipnotizaba hasta el amodorramiento. Se le caían los párpados, a veces hasta la cabeza, golpeando estrepitosamente la mesa.  

Los médicos no vieron nada en analíticas y demás exploraciones. Los curanderos recomendaron hierbas y ejercicios que no dieron resultado. Amanda tomaba más café que nunca, pero sus siestas eran cada vez más largas, hasta el punto de que apenas pasaban tiempo juntos en el que se mantuviese despierta. 

Una noche Emilio, en un empeño por ignorar aquel inconveniente, arrebatado de una pasión insólita en él, trató de intimar con su prometida. Ésta terminó cayendo en un coma profundo. 

Cuando encontraron a Amanda en aquel estado, algunos se preguntaron si podría despertarla un beso de amor, pero su prometido había huido para evitarse mayores contratiempos.  

sábado, 8 de enero de 2022

Qué guapa estás

La joven se pasea de un lado a otro, del espejo a la ventana, de la ventana al espejo. Escote amplio, labios rojos y vino tinto es una combinación que nunca falla. Cabello rubio teñido que esconde mejor las canas. Siempre le han dicho que es una mujer intensa y así lo lleva por bandera, aunque la ansiedad se le encalle en la garganta. Ciudad nueva, casa nueva, mujer nueva, se dijo al llegar allí. Siente que tiene alas, al tiempo que pies de plomo, que de vez en cuando la hunden hasta lo más hondo. Retoque de pestañas, ventana y cigarrillo hasta que viene el joven al que espera. Qué guapa estás, le dice siempre como saludo.


El joven va todos los viernes por la tarde a la misma hora. Si no puede se pone de mal humor. Se pasea contento por la estancia con la ilusión de la novedad. Los romances que comienzan siempre son dulces. Se recuesta en la cama mientras ella se quita todo lo que le ha costado tanto tiempo poner en su sitio. Mi amor, mi amor, repite ella; qué guapa estás, qué guapa estás, repite él.


Cuando termina, el joven recoge deprisa. Ella no le comenta que le gustaría ir al cine, al teatro o que la invitaran a cenar, le basta con ver su cara de satisfacción. Aquel día, la joven nota algo diferente: una sombra en el dedo anular ¿Estás casado? No hay respuesta. La chica se queda pálida. Vengo el viernes que viene, se despide, hoy estás muy guapa.


Las que tienen alguna tara son las mejores en la cama, tú ya me entiendes, le había comentado un amigo. Aquella aventura le había devuelto el interés a su vida anodina. Hasta la relación con su mujer era mejor. Al llegar a casa y verla, la saluda, qué guapa estás, y es verdad, su melena rubia recién cortada, y además se ha pintado los labios rojos. Podría estar con quien quisiera. Cuando la imagina con otro le invade la congoja ¿Cómo ha ido la conferencia? Pregunta la mujer ¿Dónde has estado que vas tan guapa? Responde el marido.

martes, 14 de diciembre de 2021

Herencia familiar

Es lo que pasa cuando eres el pequeño de la familia: todos se mueren antes que tú. La obsesión por guardarlo todo y la inconstancia vienen juntas entre los tuyos. La casa familiar, ahora de tu propiedad, se ve abarrotada por cachivaches antiguos, ropa de todos los tiempos y fotos desordenadas.


Te mudas allí cual explorador en tierras exóticas: quién sabe lo que puede aparecer entre unas sayas y unos tapetes. Te pones a organizar las fotos por orden cronológico, así que dejas de salir de casa ¿Para qué? Con la faena que tienes. Cincuenta años de dejadez son muchos, y necesitas reconducir a la familia. Decides usar el sombrero y bastón viejos de tu abuelo. Él siempre te dijo que había que ser un caballero, así que comienzas a saludar a los vecinos con una reverencia. Además, para no desentonar, te pones a afeitarte con navaja. Ya que estás, empiezas a usar la plancha de hierro que usaba tu abuela y a lavar la ropa a mano. Una noche, encuentras los trajes y pinturas de fiesta de tu madre, y en un arrebato de flexibilidad de género, te los pruebas. La vecina de enfrente te ve y te mira con mala cara. Desde entonces, cierras las persianas y te sumerges en tu vocación de arqueólogo doméstico. Un día, se va la luz y te decides a darle uso a los candelabros; otro día, encuentras la máquina antigua de coser y remiendas una bufanda para el frío; otro, aparece la vieja máquina de escribir y la pruebas con todos los nombres de los que ya no están.


Una noche, te miras al espejo, con el candelabro en la mano, vestido con la bata de tu madre y una bufanda a retales, y por ese carácter mudable característico de la familia, decides dejarte de tonterías y hacer tu vida.

viernes, 22 de octubre de 2021

La voz de las flores

Mi madre libró toda su vida una lucha de no resistencia, y ahora que ya era mayor pasaba las tardes en la galería de aquel viejo apartamento, hablándole a las flores y escuchando lo que contestaban. A veces tomaba apuntes. Las obsesiones se acrecientan rápidamente con la soledad.

No siempre fuimos sólo ella y yo, dos mujeres envejeciendo, atónitas ante el rápido paso del tiempo. De niña descubrí el talento de mi madre. Vivíamos todos en una casa en el campo. Así me acostumbré al silencio y a la vida simple. Una tarde, la vi delante de unas margaritas sentada sin moverse durante horas. Acércate a ver si escuchas lo que dicen las flores, me dijo. Me acerqué y escuché el murmullo de unas voces sin forma. Las margaritas temblaban sobre sus tallos aproximándose a mi madre. Ella asentía sonriente. Desde entonces pasábamos así los días, mientras mis hermanos iban y venían; primero en bici, luego en moto, más tarde en coche.

-¿Y qué te dicen las flores, mamá?

-No se puede explicar, cariño. Es otro lenguaje. Cuando las escucho, siempre sé lo que va a pasar como si ya hubiera sucedido. -Mi madre me miraba con ojos infantiles de satisfacción y me decía algo así como: recoge la ropa del tendedero que se avecinan lluvias, y yo obedecía ¡Chicas, entrad en casa! Gritaba mi padre desde el sofá cuando se hacía de noche. Tu madre siempre sabe lo que va a pasar, ¿verdad, hija? La hubieran quemado en la hoguera de ser otros tiempos, me decía dándome una palmada en la cara.

Mi padre murió y tuvimos que vender la casa. Con los apuros económicos, le propuse a mi madre poner una floristería. Ella plantaba y cuidaba las flores, y yo las vendía. El problema vino con las largas despedidas cada vez que se hacía una compra. Los clientes esperaban impacientes mientras mi madre charlaba con las flores entre sollozos mal disimulados. Éstas se marchitaban en el último momento para disgusto de los compradores. Era un negocio sin futuro. Finalmente, cerramos la tienda por el bien de mi madre, nos mudamos al viejo apartamento de mis abuelos y alquilamos las habitaciones.

Todo se desmoronó para ella cuando nació su primer nieto, pero no le dejaron verlo. La muerte le llegó poco después y fue tan pacífica como su vida, tal y como cabría esperar. La encontré en la galería, engarrotada en la silla como las raíces de un árbol viejo, rodeada por sus flores. Algunas dobladas de tristeza sobre sus tallos, mostraban gotas que parecían lágrimas. Las más cercanas se enredaban en su cabello y manos, y las más lejanas estiraban sus pétalos para así alcanzarla.